miércoles, 10 de diciembre de 2008

52. 1ªParte

En cuanto abrí el libro lo descubrí, horrorizado.

Había olvidado la pequeña cartulina roja que utilizo como marcador. Y digo bien, horrorizado, siempre me dicen que exagero con los adjetivos.

El drama no radicaba en si iba o no iba a encontrar la página en la que me había quedado, ya que estaba seguro de que era justo al comienzo del capítulo cinco, exactamente tras la aparición de Virginia y su restaurante macrobiótico. El problema era como marcar el final de mi lectura, que sería considerable tras un viaje tan largo, sin mutilar irremediablemente la página doblándole la esquinita superior y dejando para siempre la huella de mi ritmo de lectura, como si de una nueva capitulación se tratara. Odiaba esas marquitas indecentes y me negaba por completo a hacérselo a mi libro, aunque, como en este caso, se tratara de unas de esas feísimas ediciones de bolsillo que están hechas para llenarse de arena, mojarse de cerveza o arrugarse en el bolso entre metro y metro. Una de esas ediciones en las que la historia vive dentro como una promesa, sujetándose para no caerse, asegurándote que a pesar de todo es un libro de verdad. Aún así, no le haría eso a mi libro, bastante tenía. Prefería recordar la numeración, me quedé en la página 123, por ejemplo, aunque luego tuviera que mirar en la 231 y la 132 antes de encontrar el punto exacto, por que entre mis innumerables virtudes estaba la de recordarlo todo de forma fragmentada, como tras una borrachera.

Por ejemplo aquel día, en la ponencia del ciclo de Quiroga. Tú estabas entre el público, te habías sentado en la última fila, y tenías el cuerpo completamente volcado hacia el pasillo librándote de las cabezas que te impedían ver con comodidad la mesa. Cada vez que el moderador preguntaba ¿se oye bien? movías la cabeza levemente y muy rápido de un lado a otro, con un no desolado que no iba a ningún sitio pero que a ti te reconfortaba, de alguna manera. De ese día no recuerdo nada, o mejor, lo recuerdo todo, pero desordenado, hasta el punto que no sé si pasó en esa conferencia o en las que siguieron, en las que te buscaba entre el público para al fin verte atravesar la puerta tarde, despeinada. Creo que fue aquel día cuando, cansada de alongarte tanto, te levantaste, cargada con el bolso el abrigo y tres carpetas, y muy digna caminaste hacia la primera fila, siempre vacía, y te sentaste, tras una leve mirada hacia atrás -lo ven, no pasa nada, yo me siento aquí-. Entonces te pusiste a escucharme con tal dedicación que me sentí como un impostor a punto de ser descubierto.

No puedo recordar tu cara, en aquella imagen, ni lo que llevabas puesto, pero sí que olías a coco, y que me hiciste recordar a aquellos días de mi infancia en los que el sol era una fuente de vitamina a y no una amenaza para la salud, y las chicas se untaban de hawaian tropic antes de tumbarse a hacer top less entre las rocas.

Acto seguido imaginé tus tetas, claro, tus tetas untadas de hawaian tropic entre las rocas, y me puse tan nervioso como cuando intenté probar el consabido truco de imaginar a la gente desnuda para paliar los nervios de hablar en público- si alguien lo duda aún, es inútil, y diría más, contraproducente-.

La culpa es de mi imaginación, tan gráfica.

Tendría unos ocho años cuando lo descubrí. Almorzábamos y era domingo, porque había pollo, y yo peleaba con mi cuchillo romo por sacarle algo aun muslo resbaladizo y al limón, cuando mi hermano Alberto empezó a describir un gato muerto que había encontrado en el solar envuelto en una nube de moscas verdes . Él se fue a su cuarto castigado- “¡a tu habitación!”, un clásico de otra época- y yo comencé a mirar de otra forma a los pollos asados, y al gato. El proceso es sencillo: una imagen plástica, brillante, hiperrealista se clava en mi cerebro , y cuando creo que se ha ido regresa en forma de calambre, sólo un instante, suficiente para provocarme un escalofrío y evitar que coma pollo al limón.

El mal se intensificó con el tiempo, de manera que si un amigo de mis padres contaba que se había mareado en un viaje en barco, y describía brevemente su calvario del camarote al baño durante toda la travesía, yo podía imaginarlo tan claramente que en el momento menos pensado sentía mal de tierra y corría a vomitar; o si, por ejemplo. contaban en la tele cómo un perro mordía a un niño, pasaba a tenerle un miedo irracional a todos los perros, porque sólo con verlos podía sentir sus diéntes destrozándome la pierna. Una maldición.

La verdad es que en aquel momento, viéndote mirarme, completamente entregada, a metro y medio escaso de mí, pensé que podría seducirte - la erótica del escritor, ya se sabe-, te invitaría a un café cuando te acercaras a pedirme una firma, y acabaríamos en un historia de esas que termina contigo olvidándote de mí tras un fundido en negro, como debe ser. Pero no te invité al café, por que no te acercaste, saliste disparada cargada con el armario ropero que llevabas a cuestas según empezaron los aplausos.

Una mujer me mira, está sentada, y me mira desde abajo recordándome a algún animal que no consigo concretar, tal vez a la mezcla de varios. Nunca sé si la gente que me mira en el metro lo hace porque me reconoce o porque tengo la bragueta abierta, pero nunca compruebo la bragueta hasta que salgo del andén, por pura dignidad suicida.

Hubo otra charla, que no fue una charla, fue un curso, y tenía un descanso, no podías escaparte y por fin te pillé. Recuerdo cuando empezaste a hablar, la primera de una larga lista de conversaciones inocuas que realmente me desconcertaban. Era curioso ver moverse esos labios diminutos, en ese cuerpo diminuto y esa cara blanquísima llena de pecas. Querías escribir- cómo no- y me contabas tus historias sobre científicos de la nasa. “Nunca escribas de lo que no sabes” te dije, y un recuerdo vívido, en letra times 8 en el periódico local, me atravesó el pecho mientras disimulabas tu cara de desilusión. “Sólo sabe escribir sobre gente que escribe”, decían. Tuve que sacudir levemente la cabeza para quitarme el recuerdo de encima. Nunca sé si se notan esas cosas, si se notan debo parecer un tipo algo transtornado.

En realidad, me gusta que me miren. Eso es una suerte en esta profesión, porque básicamente el trabajo consiste en eso: te sientas en una mesa elevada delante de un grupo de gente que te mira, mientras el libro que has escrito descansa bajo tus manos sudorosas que lo martillean insistentes. Alguien dirá que entonces tu trabajo fue escribir el libro, y sí, eso sería lo lógico.

Entre mis pensamientos y el restaurante macrobiótico descubro algo dos vagones más allá. Para ser sincero estaba más en mis pensamientos y en la observación metódica de mis compañeros de viaje que en el pobre libro-promesa que sujetaba entre las manos, por eso fue sencillo detectar a través de los vagones la cubierta verde y lima flotando a la altura de mi rodilla. Seguí el rastro, no sin perder la pose, en cualquier momento podía ser descubierto. Pasé entre los pasajeros – perdón, disculpe- sorteando bolsos, carpetas y consolas portátiles, hasta que al fin me encontré frente a la chica que lo sostenía en sus manos, y me senté, justo delante, con mis rodillas a escasos centímetros de las suyas.


Continuará

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Te tomo la palabra.

Gracias

mirandito dijo...

Por pura dignidad suicida, qué bien lo dices, 6, si no es así no es.

Santelmo dijo...

qué gusto leerte, amiga. qué nostalgia de aquellos días, días porteños y buenos de verdad. un beso muy grande.

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