jueves, 17 de julio de 2008

31- Casi una reseña


Delante de la enorme cristalera rectangular, con las manos enlazadas en las espalda, observo a todos los viandantes del patio de aquel cubículo de cemento y me imagino que soy una gran empresaria, con su chaqueta y su corbata- si me imagino empresaria inmediatamente me asigno un traje de chaqueta y una corbata fina, de esas que llevan algunos amanerados y estilosos dependientes de Zara, no lo puedo evitar- que observa impertérrita en una película yanki como se mueven sus empleados, siempre ocupados, siempre cargados de papeles en carteras elegantes, por sus dependencias, en una reformulación de Escarlata O’Hara para la edad moderna.

Pienso entonces en el libro que descansa sobre la cama, esperándome, a falta de cinco páginas para el final, y que yo observo ahora, de espaldas a la cristalera y a mi ejército de hormigas, sin ninguna ansiedad por abalanzarme sobre él y devorarlo, como sería deseable, como esperaba, desde luego, después de oirte hablar sobre él con esa cadencia tan tuya que nos hace bailar en el aire como serpientes. Tu libro nunca podrá ser mejor que oirte hablando sobre él, dije, y lo sigo pensando, 120 páginas mediante. Es fácilmente constatable si pensamos que lo más revelador de todo el libro, lo que me ronda la cabeza una y otra vez es tu voz repitiendo la palabra súperman, esdrújula y claramente extranjera en tus labios, frente al supermán que yo habría leído si hubiera accedido al libro por mis ojos y no por tu voz. Seguramente me habría gustado más, ese libro pequeño, plagado de buenas ideas, de giros perfectos, de frases, como siempre, tan pulidas que casi es demasiado, pero que resultan perfectamente complejas e inquietantes, tal y como vos las quisieras, a imagen y semejanza.

Lo más curioso es que el traje de supermán de tu pequeño devorador de panfletos montoneros no está acentuado.

125 páginas no pueden dar para tanto, pensé, mientras te observaba canoso, sentado detrás de la mesa, disfrutando de tu circunloquio más que ninguno de los presentes. Y sin embargo existen estrategias, los vacíos del texto que en tu libro son tal cual, y se explicitan mediante corchetes y tres puntos, una elipsis que te deja buscando un anexo, una cita textual, un referente. La voluntad de demostrar que tienes secretos.

Regreso a la silla y abro el libro sin esfuerzo – no creo en la disciplina lectora, probablemente por mi incapacidad total para la disciplina, en general- afrontando las últimas páginas por el mero placer distraído de la lectura, de las palabras perfectamente pensadas, modeladas, en el sitio justo y el lugar correcto para convertirse en un orcuro entramado de arboles o muros con verdín. Artesanía. Todo se precipita de pronto en un giro que resuelve, que le explica al pequeño lector revolucionario que nunca podrá ser más que un mero espectador, y eso me tranquiliza. Vuelvo la vista hacia la ventana y miro de nuevo a mis pequeños empleados, que andan apresurados por los caminos dibujados para ello entre las plantas, y me parezco un poco al niño que apoyas en la vidriera de la confitería. Pienso entonces en los ceniceros, los zapatos y zaragoza. Pienso en súperman y en supermán y me siento un poco más cerca de tu texto. No del personaje, al que ahora debería empezar a añorar con una angustia casi desolada, como habría sido deseable, como habría esperado, desde luego, después de oirte hablar sobre él, con esa cadencia tan tuya que nos hace bailar en el aire como serpientes.

(Para To, porque te imaginé todo el tiempo, rubio y loco, buceando en la pileta para tocar el fondo rugoso con los dedos.)

martes, 8 de julio de 2008

30. Piratas

-Piratas- repetiste, mientras me clavabas tu mirada nerviosa y te mantenías aferrado a la cuchara sumergida en la crema color mascarilla, como tomando tierra.
No me había quedado como la del libro. Y eso que hasta la había ensayado, aquella noche que vino a cenar Marina, y me había quedado tan buena, pero ahora mira, sólo servía para que tú anclaras dentro el firme propósito de repetir la misma palabra hasta que yo reaccionara.

Yo ya te había oído la primera vez, por supuesto. Y también Quique, que ya había tirado la cuchara dentro del plato, salpicando de puntitos verdes todo el mantel, y corría alrededor de tu silla exitado, tirándote de las mangas

- ¿Piratas? ¿Y cómo son, Papá? ¿cómo son?

Musité tímidamente el nombre de mi hijo, alargando levemente la última e, para que notara mi impaciencia, mientras me deleitaba en el frufru que hacían mis medias al acariciar mis piernas la una con la otra con un acompasado movimiento de tobillos.

- ¿No me dices nada? - insististe, sin soltar la cuchara ni desviar la vista.

Otra vez habías envejecido.
Habías vuelto con la piel morena y ajada, cada vez más ajada, y me habías encontrado más vieja, a pesar de mis maquillajes, de mis cremas, de mis medias que sólo salían del armario de seis en seis meses.
Me había acostumbrado a la ausencia, sinceramente debo decir que incluso me gustaba preparar tu regreso, escribirte cartas, como una adolescente, inventarme un padre para Quique que eras tú, eras en todo tú, pero eras mejor que tú porque durante seis meses al año sólo podías equivocarte la mitad de las veces.
Sin embargo, cada vez que cruzabas la puerta, cargado y exhausto, podía ver el paso del tiempo en tu cara. Si hubiera podido pedirte que renunciaras, lo habría hecho solamente para poder envejecer tranquila, en la silenciosa conformidad del paso de los días, sin darme cuenta, sin verte descubrir las marcas del tiempo en mi cuerpo, a medida que avanzabas sobre él, como los baches de una carretera desconocida.

- ¿Y llevan parches? ¿banderas negras?… Papá ¿tienen espadas?
Había perdido el miedo. El miedo a lo que podía pasarte, a que un día no quisieras regresar, o no pudiéramos reconocernos. Perder el miedo no siempre es buena señal. Por eso, mientras me contabas todos los detalles de los piratas somalíes, tranquilizándome -no va a pasar nada, imagínate lo que sería, un conflicto internacional…- llené la cuchara de mascarilla de pepino y me la metí en la boca, sin responder. Estaba asquerosa.

Aquella mañana de la mitad del año que iba en chándal cogí el teléfono sabiendo que eras tú. Con las piernas temblorosas hice cola en la primera ventanilla de información a la que se me ocurrió acudir. El funcionario abrió mucho los ojos antes de preguntar.

- ¿Piratas?

Si hubiera podido me habría tirado de la manga.

martes, 10 de junio de 2008

29. Miedo al silencio

Al menos la mitad del día lo pasaba a solas, en su casa.
Eso, bien pensado, es mucho.
Sin familia, sin amigos, sin compañeros de trabajo.
Trabajaba en casa, con su música, o escuchando la radio, siempre los mismos programas, a las mismas horas – que extraña inquietud le causaban los sustitutos temporales de los locutores de radio- incluso a veces con la tele de fondo, muy bajita, casi un rumor, esa extraña manera de sentirse acompañado.
También salía solo, muchas veces, se iba al cine, a pasear, a los bares del centro, de compras, se escapaba algún fin de semana a una gran ciudad europea.
Sin embargo, cuando sus amigos, orgullosos de su peculiar compañero de fatigas, le presentaban ante los demás como un tipo solitario, él se imaginaba a sí mismo en la cumbre de una montaña, en una playa desierta, perdido en medio del bosque.
Un escalofrío le recorría la espalda.

domingo, 25 de mayo de 2008

27. Miedo al tiempo

Suplicó a su padre que pasara por delante una vez más. Él, agotado, pero dispuesto a volver con la niña dormida a casa, dió la vuelta a la rotonda y repitió la procesión por delante del enorme castillo, que despuntaba en el centro de la ciudad, mientras ella, agazapada en la parte de atrás del coche, apretando con fuerza el abrigo entre las manos, miraba de reojo la enorme torre de piedra que desde tan cerca parecía aún más impresionante. Tampoco durmió esa noche.
La niña tiene miedo a las alturas – repetían los especialistas- tiene tanto vértigo que lo siente desde el suelo.
Sólo muchos años después, durante un fin de semana largo y gracias a la devaluación del dólar, descubrío la verdad, impertérrita en lo alto de un rascacielos de Manhattan.

martes, 20 de mayo de 2008

26. Entreacto



Vale la pena. Para el reproductor de música antes de darle al play o te desquicias con el ops encima.
Visto en el salón de mi casa, donde caben tantas cosas (¡gracias mor!).
Ellos son Vetusta Morla.

viernes, 16 de mayo de 2008

24- Espejismos

Una mujer de color (rojo) salta a tiempo el bastón de un señor que se hace el ciego para no verme. Mientras, una maniquí coja (con una sola pata de palo) tiene un letrero clavado en el corazón (pantalones, 15 euros) y yo los miro esquiva mientras intento salir a la superficie. Lo consigo, y doy de bruces con un lugar dónde todas las casas tienen puerta de servicio y los hombres grises van con una bola de preso colgando de la corbata.
Subo el volumen, y aguanto la respiración (como cuando pasas cerca de la fábrica de cerveza) pero no puedo cerrar los ojos si quiero cruzar.

El semáforo ya está en verde.

La mujer de los pantalones naranja y la camisa verde tiene la piel tostada, el pelo recogido a ambos lados de la cabeza, y una sonrisa que le parte la cara en dos. Está jugando muy recta, muy recta y sonriente, a lanzar sus mazas de colores encima de la cabeza, en medio del paso de peatones, andando de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.

Los conductores la miran, mientras fingen mirar el móvil, el periódico, el navegador.
Los hombres y las mujeres grises le pasan al lado como una manada de elefantes, y no la miran, y no la rozan. Yo busco en mi bolso entre las velas de cumpleaños y las tarjetas de embarque y encuentro en un doblez una moneda extranjera y un poco de arena.

El semáforo empieza a temblar, ella recoge sus mazas y se acerca a los conductores, sonriendo, siempre sonriendo, con la cara partida en dos. Los conductores se sumergen aún más en sus periódicos, móviles, navegadores. Sólo un hombre, encaramado a la cabina de un camión, la mira de arriba abajo con una media sonrisa, asintiendo con la cabeza, y le da unas monedas. Ella, sin dejar de sonreir, hace una reverencia, y se aleja a toda prisa de la carretera.
Yo subo el volumen y echo a correr por entre los coches, con los cincuenta centavos escondidos en una de las líneas de la palma de mi mano.

El semáforo ya está en verde.

sábado, 19 de abril de 2008

23- A falta de textos...


Pretextos. En espera de la inspiración o del tiempo perdido les dejo por aquí las intervenciones urbanas de estos brasileños. Visto aquí.




lunes, 14 de abril de 2008

22- Lo han vuelto a hacer

He tenido que colgarlo sin remedio. Ya me habían conquistado con el anuncio de los salones (esto no se toca), y con aquel del principio, pero el dinosaurio al horno ha conseguido que definitivamente tenga que ir a por los responsables. Son la agencia de publicidad SCPF.



Si te quedas con ganas de más, puedes mirar esto

domingo, 6 de abril de 2008

lunes, 10 de marzo de 2008

20- ¿Y si hubiera elegido la banana?

No puedo evitar un sabor metálico al final de la boca, casi en la garganta, como cuando tomas sacarina con el café.
No es un misterio, la culpa es mía, que dejé de trabajar y abrí el litro de Mahoh demasiado pronto, a las 20 y 10, cuando me enteré de los primeros sondeos. Pasó muy rápido, comenzaron los primeros escrutinios y yo fui a la cocina a localizar la botella de cava catalán. Psoe 172, IU 3, a mí me salían las cuentas, sobre todo por aquel 138 del PP en la parte superior de la pantalla, como dándome ánimos.
No quise escuchar a los más escépticos (realistas), yo quería celebrar y celebraba, probablemente por eso cuando empezó el hundimiento, cuando las cifras de la esquinita superior derecha del televisor empezaron a desplomarse y a crecer en el sentido contrario, y las desganadas banderitas azules comenzaron a agitarse con más fuerza, yo no pude más que presentir una catástrofe.
T llegó tarde y cansado, en plena vorágine electoral."Tranquila, vamos muy bien" me dijo. Venía con los cascos puestos y no se los quitó ni para ir al baño. G se sumergía en su plato de tallarines ansiosa y en silencio. Yo los miraba a uno y a otro alternativamente, cambiaba de canal, pero los numeritos de la pantalla seguían su descenso 170-150, 169-151... T miraba la tele, oía la radio, y dejaba que su cena se enfriara sobre la mesa, yo increpaba a G para que se pronunciara, "están buenos, ¿eh?" contestaba con la boca manchada de nata y sin despegar los ojos de la pantalla.
Cuando Llamazares se despidió, una oleada de inevitable culpabilidad me hizo mirar con rabia el hemiciclo azul y rojo "No es culpa nuestra- me dijo G, que me veía compungida - el juego político". El juego político. Claro que sí, y podía haber sido peor, mucho peor...
De pronto, T se levantó de golpe, con sus auriculares puestos, y llevó los brazos arriba, puños cerrados, en una celebración silenciosa. Nosotras miramos de nuevo la tele, buscando la clave de aquel entusiasmo. Aunque fuera de peligro, la distancia se seguía acortando, así que miramos a T , espectantes, pidiendo una explicación.
Él volvió a sentarse despacio, con una media sonrisa

- ¡Gol del barça....!

En realidad todo el mundo celebraba. R me llamó ya a altas horas, "¡ganamos!" decía, y eso que votó a IU. Yo, que parece que sí que gané, desperté esta mañana sin resaca y me vestí de lunes.

El equilibrista del paso de peatones vino a trabajar como cada día sobre su monociclo.

Encima del luminoso que me orienta a diario (9:04, 5 grados) ya no hay banderola azul.* Sin embargo, Llamazares sigue colgado de las farolas y ZP posado en las ramas de todos los árboles de la calle.
"Somos más"- dice.

Hombre, pues ahí, ahí, andamos. Ahí, ahí.


*Ver post 11

jueves, 6 de marzo de 2008

19- Una semana larga



Para to.

viernes, 29 de febrero de 2008

18- "Elecciones insólitas"

“No está convencido.

No está para nada convencido.

Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.

Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.

Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.

Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.

Entonces ha dicho: 'En ese caso, elijo la banana'.

Desconfían de él, es natural.

Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.

No deja de ser extraño que haya preferido la banana.

Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.”

Elecciones Insólitas. Último Round. Julio Cortázar

jueves, 28 de febrero de 2008

17- tiritin tin tin tin...

Sí hombre sí ¿no te acuerdas? era uno muy raro, en la dos ¿cómo se llamaba? era la época de la bola de cristal, y tenía un plató blanco y había un vagabundo con un carro de la compra lleno de libros, o algo así, y a veces daba miedo, yo cambiaba de canal pero volvía a ponerlo, como hipnotizada por aquella musiquita: tininini tititi tininini tititi tininin nin nin nin...

miércoles, 27 de febrero de 2008

16- ratapult




(Volaaare, oh, oh)

http://www.banksy.co.uk/menu.html

martes, 26 de febrero de 2008

15- (Chan-chán)

Ha llegado la hora de tomar...


...determinaciones.

lunes, 25 de febrero de 2008

14- ...de un mundo raro.

Soñé que volvía allí, era verano, y me recreaba en el secreto placer de andar calle arriba mientras todos dormían.
La calle me devolvía los olores y los sonidos de entonces, aquellos que se quedaron congelados en mi cerebro. El mundo, ese otro mundo, se movía sin importarle quién era yo, ni de dónde venía, y a mí tampoco me importaba mientras andaba, calle arriba, entre la gente.
Sonidos y olores de invierno en una noche de verano, andando calle arriba mientras también yo dormía.
Fue anoche. Soñé que volvía.

13- La noticia del día



Padam, padam, padam...

viernes, 22 de febrero de 2008

11- Valores cromáticos

En el barrio de señores grises y puertas de servicio en el que paso unas 10 horas diarias, a la salida del metro, justo detrás del luminoso que utilizo cada mañana para saber si llego tarde y si efectivamente tenía que haber cogido la otra chaqueta (nueve de la mañana, seis grados) han colocado, como estandarte del inicio de la campaña, una enorme bandera vertical asida a una farola en la que se puede leer (o más bien, por su tamaño, no se puede dejar de leer) "VOTA PP".

Esta visión matutina me genera una angustia inesperada. Hasta ahora, y más allá de la inquietud lógica que llevan consigo los comicios, la precampaña me estaba resultando bastante divertida, una amante de la propaganda ingeniosa como soy no podía desdeñar las llamadas de Rajoy para preguntar dónde estoy o la canción del jubilado de moratalaz, pasando por los sofisticados videos de Isabel Coixet o el poema de Benedetti en boca de tantos. Y es que, al fin y al cabo, la campaña electoral no es más que una campaña publicitaria.

Sin embargo, esta ostentonsa exaltación me deja consternada, y me paro a pensar cómo es posible que una sola banderola azul, color que se utiliza en los cuartos de los niños y las consultas médicas por su valor relajante, pueda provocarme esta inquietud, que ni tan siquiera calman el montón de manchitas rojas desperdigadas a lo largo de la calle.

Zapatero me mira, muy poco fotogénico.
Somos más, dice.
Miro a mi alrededor... y tengo mis dudas.

viernes, 15 de febrero de 2008

10- Va a amanecer en plena noche (La chicana)

Ummm- dijiste- Qué rico, huele a pipas

A adolescentes en una escalera rodeados de cáscaras chupadas, a partido de fútbol, a tarde de domingo. A qué te olerían a ti las pipas. A mí aquella noche me olía a frío, a campo, a asfalto mojado, igual que aquel día que aterricé por primera vez.
Te miré de repente y eras un misterio, reconfortado con el olor a pipas, pensando quién sabe qué. Muchas veces te veía así y me gustaba pensar que cualquier día ibas a sentarme con gesto solemne y a confesarme que eras el menor de una familia de mafiosos, o que estuviste hace años embarcado en los mares del sur. "Miénteme, cuéntame una de piratas" te dije, pero no me oiste, o fingiste no hacerlo, y seguimos caminando calle abajo silenciosos, en el secreto entendimiendo de dos desconocidos.

Al fin y al cabo, no fue tan mal día.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

9- Ya es oficial




Para nosotros, para el mundo, y para el registro nacional de asociaciones del ministerio, existimos.

A trabajar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

8- Dónde

(Dónde fue que te perdiste)

Alfredo. Repito tu nombre como una oración, como un sortilegio, mientras mi cabeza se mueve sola de un lado a otro, de delante hacia atrás, víctima de su propio peso, hasta que se precipita irremediablemente sobre la taza de porcelana, afortunadamente limpia, afortunadamente blanca.

Hay unos sonidos sordos y rítimicos atornillándose en mi cabeza. Puedo ver claramente lo que ha pasado, aunque no sé si ha pasado en realidad, y cualquiera diría que no ha pasado nada.

Es preciso que alguien conozca la historia desde hace más de 10 minutos, de tres días, de dos meses, para que sea capaz de apreciar la trascendencia de algunos silencios.

Alfredo. Repito mi nombre como una oración, como un sortilegio.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

7- Paranóica


Una legión de viandantes, armados con paraguas,
me persigue por Madrid para sacarme un ojo.


6- La despedida (2ª Parte)


La calle se desperezaba lentamente, la tiendita de comidas levantaba la reja y los carniceros salían de la cafetería ya con el delantal puesto, el delantal, con aquellas marcas de sangre perennes, que llevaban con tanta naturalidad, pero que tan antinatural resultaba fuera de los límites de su negocio. Lo miró todo con cierta nostalgia, el parque, los bancos de piedra, y sobre todo el callejón que se doblaba sobre sí mismo, esperando, quién sabe, una sorpresa de última hora. Aunque se empeñaba en negarlo, aunque se había encargado de tranquilizar a sus amigos y advertir, absurdo y apocalíptico, a sus enemigos, que volvería, algo en su propia manera de ver las cosas esa mañana le recordaba que el viaje era definitivo. Ella fue la primera y única persona que apareció en el callejón, como si naciera de él, como si hubiera estado agazapada esperando para sorprenderle.

Caminaba despacio, pero decidida, y lo primero que él vio fueron sus zapatos brillantes color granate, que en la distancia le parecieron negros. Era una chica alta, delgada, mayor de lo que aparentaba, y vestía una falda corta con algo de vuelo, que parecía un tutú, y unas medias negras y tupidas. Llevaba, puesta también, la cara de frío, a pesar del abrigo verde que se inflaba sobre su torso. Cuando llegó al banco de piedra del parque, desplegó un periódico, que parecía haber esperado en su bolso una misión desesperada como aquella, y se sentó sobre él sin miramientos.
Estaba de punta en blanco, fresca, como recién duchada. Parecería que acababa de levantarse, desayunar y arreglarse para ir a sentarse en ese banco, si no fuera por la carrera casi imperceptible que le hacía la media en el tobillo. La miró a los ojos y supo que la conocía, y, aunque no habría podido asegurar que ella estuviera ahí por él, pensó que tal vez él si estaba ahí por ella, y se acomodó sobre su pared mojada para disfrutar de su último regalo.

Sus piernas, hoy negras y de algodón, se cruzaban bajo el tutú y dejaban a sus manos blanquísimas todo el protagonismo. Miraba despistada el tacón medio despegado de su zapato granate, y parecía estar esperando una foto, o un retrato, tan inmersa en sus pensamientos, moviendo el tobillo y observando el tacón. Es un Degás, pensó él, que de pronto la imaginó de rosa, atándose las bailarinas, doblando como una rama su cuerpo finísimo, no el de ahora, sino el que tenía entonces, aquel que la hacía parecer una niña, a sus 25 años. Era ya tarde para ir a darle un abrazo, cuánto tiempo. Era tarde para que ella se hiciera la sorprendida. Ya ambos se habían observado despacio, ella de hito en hito mientras acariaba el tacón roto. Él, como si asistiera a un pase privado de cine veraniego. Ya se habían reconocido sin sorpresa, como quién descubre algo que siempre estuvo ahí, y aunque no podían saber quién era el otro, después de tantos años, el pasado les otorgó el don de la perspectiva. Él pensó que era una pena lo del baile, pero que las curvas que adivinaba bajo el abrigo verde habían hecho su belleza tridimensional. Luego se vio a sí mismo como ella lo vería en ese momento, adhiríendose lentamente a la pared, y sintió pena y alivio por no poder explicárselo.

El camión de la pescadería interrumpió el encuentro silencioso. Un perro se lanzó a saludarlos aprovechando que su dueño andaba medio dormido, unos metros más atrás. Ella se sintió violenta, allí sentada, observando a aquel hombre que no parecía de fiar, mientras la gente pasaba entre los escasos tres metros que les separaban. Así que se levantó, lo miró de nuevo, con una media sonrisa, y remontó la calle, como los peces, pasándole muy cerca. Él, empapado hasta los huesos, se despegó con cuidado, y se escurrió, calle abajo, por última vez.

martes, 20 de noviembre de 2007

5- La despedida (1ª parte)

Respiró hondo y los pulmones se le llenaron de agua

Había llovido toda la noche y las hojas se pegaban al asfalto simulando papel pintado. Mirando desde un balcón se podían apreciar todas las tonalidades de marrones y verdes sobre el alquitrán. Si pintáramos esas hojas sobre el asfalto y pudiéramos pisarlas cada día, los inviernos deprimirían a menos gente. Como aquella vez que alguien pintó pescados de colores en la calle en la que vivíamos, un montón de peces de colores que remontaban la cuesta. Sólo fueron unas horas, a la mañana siguiente la eficiencia municipal lo había dejado todo en orden, pero durante esa noche todos nos bañamos en pleno invierno, en el centro de Madrid. Sobre todo tú, con tus ojos de agua, entre los pescados de colores.

Pero esa ya es otra historia.

Hoy el suelo estaba pintado de hojas de otoño, verdes y marrones, y cuando pasaban las chicas de los tacones de aguja haciendo equilibrio sobre los adoquines se las llevaban pinchadas en los zapatos.

Claro que eso él no lo vió, porque en su barrio no había árboles.

Pero sí se llenó los pulmones de agua cuando salió del portal, casi arrastrando su mochila de acampada. Miró a su alrededor, la calle empezaba a dejar de estar desierta y las paredes antiguas supuraban agua a través de la pintura. Subió unos metros, con dificultad, como si le pesaran los cuatro trapos que llevaba a cuestas, y se detuvo frente a una de las calles que salían desde la suya hacia la derecha. Lo que más le gustaba de su barrio era que las calles serpenteaban, haciendo que fuera imposible ver el otro lado desde uno de los extremos. Eso, aunque sin árboles, le confería cierto aire de bosque misterioso. Se colocó delante del callejón y apoyó lentamente la espalda sobre la pared mojada. Primero los hombros, y luego, poco a poco, el resto, mientras notaba como su abrigo se mojaba y se adhería a la pared. Dejó la mochila en el suelo sabiendo que también iba a mojarse pero no sin pararse a pensar, un segundo, si corría peligro su único libro, que visualizó en la parte alta, entre las camisetas, a salvo. Encendió un cigarro y pensó que se quedaría allí, estampándose en la pared, como el papel pintado y las hojas verdes y marrones que no podía ver en su barrio de callejones serpenteantes, hasta que el agua atravesara el abrigo y el pulóver y le mojara la espalda. Entonces, calado hasta los huesos, sabría que había llegado el momento de marcharse.
(Continuará)

lunes, 19 de noviembre de 2007

4- La mía más

Descalificó rápidamente a todos esos tan peludos que engordan sobre cojines de terciopelo, con pelajes de colores imposibles, con cara de rancio abolengo y ropa de persona. Consideró, no obstante, a esas pequeñas bolitas de pelo amarillas como aquel que un día conoció en la sala de espera del veterinario, y aquel, que no conocía pero que le habían dicho que era de algodón rosa, como el de las ferias. Dió un largo vistazo a todos los gatos porteños que había conocido, los que se le acercaban, confianzudos, en los bancos del botánico, los que vivían alimentados por los vecinos en el glamuroso barrio en el que se hospedaba, los que cuando caía la noche tomaban las estatuas y los parques, las marquesinas, los volados de los edificios, las escaleras del subte cerrado, y se quedaban quietos, observándote pasar, organizados, en un secreto homenaje a hitchcock. Valoró también los de patalavaca, que hablaban aleman, y los gatos romanos, que no conocía pero sabía que dormían entre las ruinas, soberanos, y que tenían largos pelos en las orejas, como los linces. Hasta ahí no hubo duda, pero tuvo sus vacilaciones al recordar los gatos amigos, y aquella gris y blanca tan linda que tuvo de chica, y que fue la primera. A esas alturas, los participantes ya campaban a sus anchas por la casa (ya que, al ser domingo, la pereza le impidió buscar otro escenario) colgándose de las cortinas, arañando los sillones, y meando el parqué. Cuando vió entrar la pantera por la ventana del baño no le quedó otro remedio que abandonar su duermevela, despertar a la negra, que ronroneaba sobre su tripa, y llevársela, colgando de su brazo como un gato de trapo, feliz e ignorante de su premio internacional.

viernes, 16 de noviembre de 2007

3- Sorpresas matutinas

Alguien anda
por aquí

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200711.htm#278

y por aquí

http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/category/blog/

Alguien,levántate y anda
(leluyaleluya)

2- Entre las piernas

Elegir el metro como medio de transporte a hora punta supone no pensar demasiado. Supone bajar al andén medio dormido, cargado con el abrigo y con el bolso, y meterte en un vagón dónde, objetivamente, no cabes (una, dos, tres, padentro). Y una vez dentro aún es peor, la gente, que objetivamente no cabe, sigue entrando, acercándote cada vez más al resto de la gente, aplastándote contra el cristal de la puerta de enfrente. Alguien se sube y me agarra de la cintura, es su única esperanza de mantenerse dentro; no pasa nada, hace tiempo que renuncié a mi espacio vital. Y siguen entrando, algunos incluso se mueven (cintura y hombros) de un lado para otro, para hacerse un hueco entre los cuerpos, como cuando te cuelas dentro de una cama con las sábanas y las mantas prensadas al colchón. Pero luego, tirso de molina, sol, gran vía, tribunal, la gente va desertando poco a poco. Sólo quedamos los que seguimos la excursión hasta Plaza de Castilla (qué buenas son las monjas del colegio). Allí, con nuestra ropa de domingo, nos entrenemos cada cual como podemos, mirando al de enfrente, leyendo por encima del hombro el períodico gratuito del de al lado, acechando a ver quien será el próximo en levantarse de su asiento para correr a por él.
Todos, sentados o de pie, mantenemos las piernas entreabiertas y el pequeño paquete bien sujeto con los tobillos.
Lo más socorrido es la bolsa de cartón, aunque también los hay con tarteras de diseño o mochilas de propaganda. Yo me acuerdo del recreo, y de la talega rosa y blanca, aquella de la cintita que ponía "mi merienda", dónde llevabábamos el sanwich de nocilla, cuando tocaba, y si no de chorizo, o jamón y queso. Pero, ah, cuando tocaba nocilla.
También yo llevo mi almuerzo correspondiente, bien colocado en la bolsa del zara, y también, como el resto de mis compañeros de viaje, disfruto de la pequeña diversión que consiste en espiar las bolsas de los vecinos: taperwares de tortilla, bocadillos envueltos en platina, ensaladas prefabricadas, barritas de biomanán. También a mi me espían, también los demás husmean entre mis piernas, buscando algo para pasar el rato, y ya vamos por Tetuán.
Hoy llevo petisuí fresa-plátano. Soy la envidia del recreo.

jueves, 15 de noviembre de 2007

1- ...tan gratos para conversar

Ahora que la nostalgia apremia, que el verano se dió por vencido y madrid se cae a cachos sobre las aceras, que todas las mañanas tirso de molina, sol, gran vía, tribunal (bilbao, iglesia, rios rosas, cuatro caminos, alvarado, estrecho, tetuán, valdeacederas, y por fin plaza de castilla). Ahora que peleo en el metro por un asiento con los ojos entrecerrados, que llego al barrio de los hombres grises pero no soy momo, y hay también mujeres grises, y hasta yo resulto un poco gris de camino a mi oficina blanquísima. Ahora que las ilusiones se agolpan aporreando las ventanas y les abro la puerta (están hartas de esperar) y las recibo y las invito a un café, y discutimos durante horas los pormenores. Entonces regreso con una sonrisa a pesar de que es de noche y hace frio, a pesar de que no llueve nunca, a pesar de que no huele a mar. A pesar de que, ahora, mi imagen de la felicidad es, entre otras, sentarme en un bar a alegar (me reservo los detalles) cualquier noche de martes o miércoles, o jueves, sin el apremiante peso de la tarjeta de embarque en el bolsillo. Ahora, que me apetece, voy a intentar este blog (de notas)

Datos personales